Una vez estaba yo en la librería de la dulce anciana(En realidad es un ángel disfrazado noble ancianita, le tiemblan las manos porque es muy mala mintiendo) Debía comprar “no sé que cosa” y lo vi.
En esa época yo estaba leyendo Abbadon y debo decirle que la imagen de su cuaderno amarillo, como una carpeta que no era, no abandonaba mi cabeza.
Supongo que el buen ángel, intentó salvarme de la locura y puso al cuaderno amarillo, como una carpeta que no era amarillo, sino verde, sobre un estante, a sabiendas de que yo lo vería.
Cuando mis ojos se tropezaron con el cuaderno, averigué si podía conseguir uno de color amarillo, al oír una respuesta afirmativa, abandoné el local diciendo que volvería por el cuaderno, me olvidé de comprar “no sé que cosa”, pero tenía claras intenciones de averiguar su dirección, enviarle el cuaderno, junto con una carta y confesarle en ella que creo entenderlo, etc., etc. Usted se habría interesado en mi y yo tendría un nuevo amigo.
Como era de esperarse desistí de mi plan, segundos después de haberlo elaborado. Nunca supe bien porqué.
Fui otras veces a la librería, pero nunca me lleve el cuaderno , ni lo he vuelto a ver.
Supongo que alguien más se lo llevó y lo utiliza con fines nefastos.
Sus siluetas se dibujaban en las hamacas sobre el pasto recortado. Eran niños y podrían llegar a ser felices para siempre.
Él, con sus grandes ojos negros y el cuerpo tembloroso, asía un pedacito de hoja de cuaderno con una fuerza sobrehumana en una mano y tocaba a su amada con la otra.
Ella se sonreía y sus mejillas estaban más rosadas que de costumbre.
En ese papelito estaban escritas las palabras más hermosas, pero nunca llego a destino, ese día él se guardo el papelito en el bolsillo y su plan, tan fríamente calculado se deshizo en un segundo de indecisión.
Él se quedó solo estrujando al papelito, que estaba casi disuelto por las lágrimas y amarillento por los años, en la mano que alguna vez tocó los dedos de su amada.
Ella se casó con un imbécil que no la quería y al que nunca quiso.
Él la perdió para siempre, sin haber luchado.
Ella deseaba haberlo besado en una de las tantas tardes en las hamacas.
Ambos susurran los nombres de la persona amada antes de quedarse dormidos y lloran de rabia, porque saben que han perdido todo lo que vale la pena.
Usted logró que una noche de mis dulces 16 le gritase a Silvio Astier: “¡Yo soy la burguesita que se enamoro de vos cuando te vi pasar por la ventana ¿Es que acaso no me ves?!” Segundos más tarde me di cuenta de que no me veía, ni siquiera me oía. Esa noche estuve a punto de llorar.
La domestica como al zorro de “El Principito”, entonces llega tarde, tan tarde que la impaciencia la mata. Pero él no se da cuenta, la abraza, ella revive, ambos olvidan y el ciclo se repite una infinidad de veces.
Ella no se cansa de morir y el no se cansa de devolverle la vida, tal vez es porque están enamorados, tanto que no se dan cuenta de nada.
El mundo sigue siendo gris, pero ellos lo pintan de todos los colores posibles. Mientras más se acercan, más daño se hacen, sus errores hieren como estacas. No obstante ellos se siguen acercando, porque están enamorados, tanto que no se dan cuenta de nada.
Nunca nadie ha hecho tantos estragos, pero ellos son felices en una situación que ninguna persona cuerda podría soportar. Se mueren, resucitan y se hieren para continuar con el circulo vicioso, en aquel mundo disfrazado. Pero no importa, porque están enamorados, tanto que no se dan cuenta de nada.
Si usted alguna vez me encuentra leyendo, le aseguro que se sorprenderá al ver como me contraigo de la forma más compacta posible, y casi entierro la cabeza para entrar en un libro. Esta practica poco ortodoxa no solo es completamente inútil, sino que además me produce terribles contracturas y frustraciones indecibles. Si no puedo pertenecer enteramente a aquel universo de fantasía, aún puedo crearlo.
En un cuento o una novela, cualquier sufrimiento padecido por un personaje imaginario es glorioso y emocionante. Los poderes de un escritor son demasiados para ser contados y el más poderoso no es la capacidad para crear un universo completamente ajeno, sino el poder que esas sombras de un mundo sublime tienen sobre los sentimientos humanos. Solo el amor tiene un poder semejante al de la escritura.
Un enamorado bajaría hasta el mismo infierno por su amada y ella lo acompañaría para evitar semejante injusticia.


